martes, 21 de noviembre de 2017

Conquista del Desierto: Batalla de las Vizcacheras

Batalla de Las Vizcacheras




Muerte del coronel Federico Rauch en Las Vizcacheras – 28 de marzo de 1829


A principios de 1829 el consejo de ministros del general Lavalle inventó el sistema de las “clasificaciones”, o sea la lista de todos los adversarios conocidos de esa situación, y esto con el objeto de asegurar o desterrar a los federales más conspicuos, como lo verificó con Tomás Manuel, Nicolás y Juan José Anchorena, con García Zúñiga, Arana, Terrero, Dolz, Maza, Rosas, etc. etc. (1)

Entretanto la reacción armada estallaba en casi toda la República.  La Legislatura de Córdoba le confirió al gobernador Bustos “facultades extraordinarias”, y éste se aprestó a defenderse del ataque que se le anunciaba y era fácil prever.  El general Quiroga declaró públicamente que se dirigía a restaurar las autoridades de Buenos Aires, y levantó una fuerte división en Cuyo.  El gobernador Ibarra se dio la mano con el de Tucumán y formaron otro cuerpo de ejército para defenderse ambos.  El general López, gobernador de Santa Fe, le declaró al general Lavalle que no le reconocía como gobernador de Buenos Aires y que cortaba con él toda relación de provincia a provincia. (2)  En la campaña sur de Buenos Aires fuertes grupos de milicianos armados, buscaban su incorporación en los puntos que a jefes de su devoción indicaba Rosas desde Santa Fe,

El general Lavalle no tenía, como Rivadavia, ni la reputación de un político que sólo sabía actuar dentro del derecho y de la ley, ni la égida de un congreso como el de 1826 que hiciera triunfar en principio los ideales de la minoría, conteniendo –en brillante tregua para la libertad del pensamiento-, el empuje incontrastable de los pueblos y caudillos semibárbaros.  No; que por ser exclusivamente un soldado cuadrado lo habían reconocido como jefe visible los unitarios que circunscribían su política a abrir camino con el sable a la Constitución de 1826.  Con él conseguían lo que no consiguieron con Rivadavia; que ése era la primera personalidad entre ellos; la que descolló por su gran iniciativa, y la que por su virtud a todos se impuso en el momento solemne de su caída.  El órgano oficial de los unitarios de 1828 condensaba esa política escribiendo: “… Al argumento de que si son pocos los federales es falta de generosidad perseguirlos, y si son muchos, es peligroso irritarlos, nosotros decimos que, sean muchos o pocos, no es tiempo de emplear la dulzura, sino el palo… sangre y fuego en el campo de batalla, energía y firmeza en los papeles públicos… Palo, porque sólo el palo reduce a los que hacen causa común con los salvajes.  Palo, y de no los principios se quedan escritos y la Reública sin Constitución” (3)  Nadie en la República se hacía ilusiones a este respecto; y por esto la reacción contra los unitarios de 1828, -aun prescindiendo del fusilamiento del gobernador Manuel Dorrego- se manifestó más radical y más violenta que la que se había limitado a hacer el vacío a los poderes nacionales de 1826.

La lucha sobrevino desde luego.  El coronel Juan Manuel de Rosas, del campo de Navarro se había dirigido a Santa Fe e impuesto al gobernador López de la situación de Buenos Aires, asegurándole que el general Lavalle estaba reducido en la ciudad, y que toda la campaña le era hostil.  López pensó, y con razón, que lo primero que haría Lavalle sería irse sobre Santa Fe; y calculando que Rosas podría ser un poderoso antemural en Buenos Aires por su influencia decisiva en las campañas, de lo cual tenía pruebas recientes, reunió sus milicias, nombró a Rosas mayor general de su ejército y abrió su campaña contra Lavalle invadiendo a Buenos Aires por el norte.  “…Quedé obligado a usar de la autoridad de que estaba investido, -escribía Rosas, desde su retiro de Southampton, recordando esos sucesos- y me puse a las órdenes del señor general López, general en jefe nombrado por la Convención Nacional, para operar contra el ejército de línea amotinado”. (4)

Lavalle envió al general José María Paz, al frente de la segunda división del ejército republicano, para que sofocase en las provincias del interior la resistencia de los jefes arriba mencionados; y mientras éste iniciaba su cruzada en Córdoba, él se dirigía con 1.500 veteranos al encuentro de López y de Rosas, quienes engrosaban su ejército con grupos numerosos de milicianos armados.

El general Estanislao López, con ser que inició su carrera en el Regimiento de Granaderos a Caballo y se batió heroicamente en San Lorenzo a las órdenes de San martín, no era un militar de las condiciones del general Lavalle; pero podía competir dignamente con éste, y aun superarlo en la clase de guerra que se propuso hacerle.  Era la guerra del viejo y astuto caudillo, que no empeñaba combates serios, pero que fatigaba continuamente a su adversario, presentándole por todos lados grupos de caballería bien montada, mientras él se apoderaba de los recursos, y conseguía llevarlo más o menos debilitado hacia un punto donde le caía entonces con todas sus fuerzas.  Los veteranos de Lavalle se veían por primera vez impotentes ante la pericia y astucia de esos dos jefes de milicias que obtenían en las dilatadas llanuras la ventaja singular de destruir su ejército regular, sin aceptar combates, sin presentarlos tampoco y dueños de los recursos y de los arbitrios de que aquél no podía echar mano.

Con todo, Lavalle comprendió la táctica especial de sus adversarios.  Ayudado de algunos hacendados adictos pudo montar sus soldados en caballos selectos y obligar a López y a Rosas a los combates de Las Palmitas y de Las Vizcacheras

Las Vizcacheras

En el combate que tuvo lugar en Las Vizcacheras el 28 de marzo de 1829 se enfrentaron un contingente federal de aproximadamente 600 hombres y otro unitario, de número similar.  A Las Vizcacheras hay que situarla en ese marco.  Las tropas leales a Lavalle –el fusilador de Dorrego- eran comandadas por Rauch, quien marchaba al frente de sus Húsares de Plata y contaba con otras unidades.  Del lado federal participó Prudencio Arnold, quien más tarde llegó al grado de coronel.  Cuenta en su libro “Un soldado argentino”, que Rauch les venía pisando los talones, con la ventaja de comandar tropas veteranas de la guerra del Brasil.  Los federales llegaron a Las Vizcacheras casi al mismo tiempo que un nutrido contingente de pu kona, que combatirían a su lado.  Dice Arnold: “en tales circunstancias el enemigo se avistó.  Sin tiempo que perder, formamos nuestra línea de combate de la manera siguiente: los escuadrones Sosa y Lorea formaron nuestra ala derecha, llevando de flanqueadores a los indios de Nicasio; los escuadrones Miranda y Blandengues el ala izquierda y como flanqueadores a los indios de Mariano; el escuadrón González y milicianos de la Guardia del Monte al centro, donde yo formé”. Arnold no brinda más datos sobre los lonko que guiaban a los peñi salvo que Nicasio llevaba como apellido cristiano Maciel, “valiente cacique que murió después de Caseros”.

Rotas las hostilidades, Rauch arrolló el centro de los federales y se empeñó a fondo –siempre según el relato de su adversario- sin percibir que sus dos alas eran derrotadas. Se distrajo y comenzó a saborear su triunfo pero pronto se vio rodeado de efectivos a los que supuso suyos.  Hay que recordar que por entonces, los federales sólo se diferenciaban de los unitarios por un cintillo que llevaban en sus sombreros, el que decía “Viva la federación”.  Anotó su rival: “cuando estuvo dentro de nosotros, reconoció que eran sus enemigos apercibiéndose recién del peligro que lo rodeaba. Trató de escapar defendiéndose con bizarría; pero los perseguidores le salieron al encuentro, cada vez en mayor número, deslizándose por los pajonales, hasta que el cabo de Blandengues, Manuel Andrada le boleó el caballo y el indio Nicasio lo ultimó… Así acabó su existencia el coronel Rauch, víctima de su propia torpeza militar”.  A raíz de su acción, Andrada fue ascendido a alférez.

Parte de la batalla


Informe del coronel Anacleto Medina al señor Inspector General coronel Blas Pico: “Chascomús, Marzo 29 de 1829 – El coronel que suscribe pone en conocimiento del Señor Inspector General, jefe del estado mayor, que habiéndose reunido en el punto de Siasgo al señor coronel Rauch, en virtud de órdenes que tenía, marchó toda la fuerza en persecución de los bandidos que habían invadido el pueblo de Monte, y ayer a las 2 de la tarde fueron alcanzados, como cuatro leguas de la estancia de los Cerrillos, del otro lado del Salado, en el lugar llamado de las Vizcachas.  Una y otra división se encontraron, y, cargándose, resultó flanqueada la nuestra por los indios, que ocupaban los dos costados del enemigo.  Después del choque, cedió nuestra tropa a la superioridad que, en doble número, tenía aquél, y se dispersó a distintos rumbos; ignorando el que firma cuál habrá seguido el comandante general del Norte.  Se me ha incorporado parte del regimiento de húsares con todos sus jefes, hallándose heridos el comandante Melián, el ayudante Schefer y el teniente Castro del regimiento 4.  El señor coronel D. Nicolás Medina se infiere que es muerto; y no será posible detallar la pérdida que habrá resultado, por no saber si se ha reunido por otro rumbo a otro jefe.  La pérdida del enemigo debe ser bastante.  Me he replegado a este punto con 72 húsares y 48 coraceros del 4. En él pienso permanecer, y defender esta población, que tengo probabilidad de que va a ser atacada, y se halla en gran compromiso el vecindario que se declaró por el orden.

El que suscribe saluda al Señor Inspector con su acostumbrada consideración.  Anacleto Medina”.

Referencias


(1) Véase Memorias póstumas del general Paz, Tomo II, página 345.  El general Paz era ministro de la guerra bajo ese gobierno del general Lavalle.
(2) Las notas de esta referencia se publicaron en Córdoba y posteriormente en El Archivo Americano.  Véase el Buenos Aires cautiva y La nación Argentina decapitada a nombre y por orden del nuevo Catalina Juan Lavalle (1829), que redacta en Santa Fe el padre Castañeda.
(3 )Carta del 22 de setiembre de 1869 (duplicado en el archivo de Adolfo Saldías).
(4) Carta del 22 de setiembre de 1869 (duplicado en el archivo de Adolfo Saldías).

Fuente

Benencia, Julio Arturo – Partes de batallas de las Guerras Civiles (1822-1840) – Acad. Nacional de la Historia – Buenos Aires (1976).
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Moyano, Adrián – El ajusticiamiento del Coronel Rauch en Las Vizcacheras.
Portal www.revisionistas.com.ar
Saldías, Adolfo – Historia de la Confederación Argentina – Ed. El Ateneo – Buenos Aires (1951).

Guerra de Vietnam: Operación Linebacker II

Operación Linebacker II - La masiva campaña de bombardeo que trajo paz en Vietnam

Russell Hughes | War History Online




Un B-52 lanzando bombas sobre Vietnam del Norte durante la Operación Linebacker.


La Operación Linebacker II fue el último oxímoron y una repetición de una táctica estadounidense favorecida para lograr la paz en un campo de batalla asiático.

Al igual que cuando las fuerzas estadounidenses recurrieron a dejar caer dos ojivas nucleares sobre civiles japoneses para lograr el fin de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, los comandantes estadounidenses firmaron la más pesada campaña de bombardeos de la guerra de Vietnam, todo para lograr el final de la guerra. conflicto.

Antes del plan para forzar al gobierno vietnamita del Norte en términos de paz, hubo tres años de conversaciones secretas de paz en París entre Hanoi y el presidente Nixon.


En octubre de 1971, el gobierno comunista cambió su posición negociadora para llegar a un acuerdo con Nixon y Henry Kissinger. Una de las razones por las que este cambio se hizo fue porque Vietnam del Norte pensó que un acuerdo sería más fácil de alcanzar antes que después de las elecciones estadounidenses.

Todo esto se hizo a espaldas del gobierno sur vietnamita, pero a pesar de este Kissinger celebró una conferencia de prensa en octubre de 1972 y declaró temerariamente que la paz estaba a la mano.


Tripulaciones de bombarderos B-52 de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en la Base Aérea de Andersen en Guam siendo informados sobre la última gran campaña de bombardeos aéreos estadounidense en Vietnam del Norte, la Operación Linebacker II.

Hubiera sido, si el gobierno sur vietnamita hubiese sido incluido en las conversaciones o se hubiese analizado las decisiones tomadas a puerta cerrada en París. El presidente Thieu estaba indignado porque se tomó una decisión tan importante sin su apoyo y detrás de su espalda.

Thieu se negó a aceptar el tratado de paz a menos que se hicieran cambios en él. Cambios significativos. La paz no había sido echada de la mesa; Había salido de la casa y la rana marchaba por la calle.

En noviembre, se había presentado una lista de 69 cambios a la delegación vietnamita del Norte. Echaron un vistazo a las nuevas propuestas e interrumpieron completamente las negociaciones, lo que condujo a la ruptura total de las conversaciones de paz.

Pero debido a la declaración que Kissinger hizo a la prensa a principios de año, Nixon sintió que no tenía otra opción que tratar de arrastrar a las potencias comunistas de nuevo a negociar un acuerdo de paz. El público lo esperaba ahora y estaban cansados ​​de la guerra que había arrastrado durante la mayor parte de los últimos 10 años.

Y es por eso que, en diciembre de 1972, Nixon ordenó una campaña de bombardeo de 12 días llamada Operación Linebacker II, también conocida como los bombardeos de Navidad o las incursiones de diciembre. El objetivo de esto era forzar al Politburó de nuevo a la mesa de negociaciones y probar a Thieu que América no había abandonado su apoyo a su gobierno.


Operación Linebacker II - Raid del 26 de diciembre.

Debido a la Operación Linebacker original, los estadounidenses tenían una considerable fuerza de bombarderos B-52 a su disposición. El Comando Aéreo Estratégico inicialmente se mostró reacio a liberar la mitad de la fuerza de los bombarderos en uso en una operación por varias razones.

Uno de ellos era porque no querían arriesgarse a la destrucción de las costosas máquinas y las muertes de esos aviadores altamente entrenados que volaban en ellos. En segundo lugar, se había cerrado la línea de producción de estas fortalezas voladoras y no se podía producir aviones de reemplazo.

Sin embargo, hubo personas dentro de SAC que recibieron la oportunidad de probar el B-52 contra defensas aéreas más sofisticadas del tipo que los soviéticos podrían desplegar si la Guerra Fría se redujo a un conflicto armado.

Los elementos más gung-ho dentro de la Fuerza Aérea de los EE.UU. ganó el día, y la Operación Linebacker II se dio el todo claro para comenzar a atacar a la población civil y objetivos militares alrededor de Hanoi y Haiphong.

Y así fue que entre el 18 y el 29 de diciembre, los bombarderos B-52 alcanzaron blancos alrededor de esas dos áreas, con los F-111 proveyendo huelgas en los sitios de misiles tierra-aire de SAM y aeródromos militares por la noche.

Durante el día, los aviones A-7 y F-4 realizaron bombardeos utilizando técnicas de navegación visual o de largo alcance, dependiendo del clima, mientras que los EB-66 y EA-6 proporcionaron una escolta a los bombarderos y KC-135 Para proveer el reabastecimiento en vuelo.

Las primeras tres misiones de la Operación Linebacker II fueron voladas como estaba previsto, comenzando el 18 de diciembre. En la primera noche, 129 bombarderos fueron lanzados, junto con 39 aviones de apoyo para proporcionar escoltas de caza, así como capacidades de interferencia de radar.

Un Boeing B-52G-125-BW Stratofortress (s / n 59-2582) de la 72a Ala Estratégica (Provisional) espera al lado de la pista en la Base de la Fuerza Aérea de Andersen, Guam (EE.UU.), como otro B-52 Para una misión de bombardeo sobre Vietnam del Norte durante la Operación Linebacker II el 15 de diciembre de 1972.

Las bombas alcanzaron objetivos en tres aeródromos vietnamitas del Norte, así como un complejo de almacenes ubicado en Yen Vien. La segunda y tercera oleada del ataque golpeó a los objetivos alrededor de Hanoi en sí, ya que tres aviones fueron derribados por las baterías SAM norvietnamitas.

La misma tarde, otro avión fue derribado mientras estaba en un bombardeo dirigido a las torres de Radio Hanoi.

93 misiones fueron voladas la noche siguiente a los lugares de blanco como la planta termal tailandesa de Nguyen y el Ferrocarril Kinh No, así como el Yen Vien complejo. Esta vez, ningún bombardero fue derribado, aunque varios resultaron dañados.

Pero de la hubris viene enemigo, como descubrió la USAF cuando lanzaron sus redadas en la tercera noche. Debido a las bajas limitadas, las cosas de pensamiento de alto comando irían tan suavemente como tenían en la noche anterior.

Una serie de factores, desde las tácticas repetitivas hasta la limitada capacidad de interferencia, condujeron a que todo el infierno se rompiera. Ocho aviones B-52 fueron perdidos la noche después de que las tropas vietnamitas del norte anticiparan el patrón de ataque de los bombarderos y lanzaran 34 misiles en el área de la huelga. Sólo dos de esos ocho equipos derribados fueron rescatados.

El derribo de 12 bombarderos hizo que los comandantes del SAC cambiaran sus tácticas. Habían anticipado más resistencia de los pilotos de combate MiG y no habían variado sus rutas de vuelo, altitudes o rutas de vuelo para anunciar las amenazas antiaéreas terrestres.


El mayor Robert Lodge y el mayor Roger Locher en la cabina de su avión F-4D Phantom II, visto antes en 1972. El equipo había derribado dos MiG cuando chocaron con MiG-21 y Shenyang J-6 (MiG-19 chinos ) En la mañana del 10 de mayo de 1972 y fueron derribados. Lodge decidió no expulsar y fue asesinado. Locher fue recuperado 23 días más tarde en la operación más profunda de búsqueda y rescate dentro de Vietnam del Norte.

En este punto, Nixon ordenó que la misión fuera extendida más allá de su plazo de tres días, y las tácticas americanas cambiaron dramáticamente. Con este cambio, una serie de bajas amistosas cayó significativamente como aviones de combate F-111 fueron enviados en las misiones de supresión de sitios SAM, mientras que las incursiones de bombarderos tendían a evitar Hanoi.

Una verdadera tragedia de la campaña de bombardeos fue cuando el hospital Bach Mai fue golpeado por una cadena de bombas. 28 médicos, enfermeras y un farmacéutico fueron asesinados, que se convirtió en una causa célebre por los activistas por la paz y los vietnamitas del Norte.

La Operación Linebacker II recibió un período de 36 horas durante la Navidad cuando no volaron ninguna misión, pero luego las fuerzas estadounidenses intensificaron sus esfuerzos de bombardeo hasta el 29 de diciembre, momento en el que quedaban pocos blancos estratégicos en Vietnam del Norte.

Pero siete días antes, el 22 de diciembre, los diplomáticos en Washington pidieron a sus enemigos comunistas que volvieran a la mesa de negociaciones.

Hanoi consintió, pero dejó en claro que no fue debido al intenso bombardeo. Sin embargo, Nixon suspendió los bombardeos el 30 de diciembre, mientras que Kissinger estuvo de acuerdo con los términos iniciales del alto el fuego que se había lanzado en octubre.

Después de algo convincente, Thieu aceptó esos términos y finalmente se llegó a un acuerdo el 9 de enero. En total, 741 bombardeos habían sido lanzados y más de 15.000 toneladas de municiones habían caído sobre sus blancos. 33 miembros de la tripulación B-52 fueron asesinados o desaparecidos, 33 se convirtieron en prisioneros de guerra, y otros 26 fueron rescatados.

Y todo debido a la ruptura de conversaciones de varios meses antes. La verdadera tragedia de la historia es que los términos acordados en enero eran casi exactamente los mismos que los rechazados en marzo. Toda esa pérdida de vidas había sido por nada.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Pistola con silenciador: Tipo 64 (China)

Pistola con silenciador Tipo 64 (República Popular de China) 

Pistola con silenciador Tipo 64; arriba, listo para disparar; abajo, con la corredera abierta y trabada después del último disparo del cargador ha sido disparado. 

Características 
Tipo: Acción individual 
Calibre: bala 7.65x17 Tipo 64 
Peso descargada: 1800 g 
Longitud: 222 mm 
Longitud del cañón: 95 mm 
Capacidad: 9 tiros 

La pistola silenciada Tipo 64 ha sido adoptado por el ejército chino a mediados de los años 1960 como un arma de propósito especial silenciada, destinada tanto a las operaciones clandestinas de militares y políticos. A diferencia de la mayoría de las otras pistolas silenciadas, el Tipo 64 es un arma con un silenciador integrado, y no una adaptación de un diseño "no silenciado" ya existente. La pistola dispara munición de 7,65 mm propietaria Tipo 64, especialmente desarrollado, junto con esta pistola. El cartucho Tipo 64 de 7,65 mm se basa el antiguo cartucho 7.65x17SR Browning / .32 ACP, pero es de auténtico diseño sin bordes (7,65 Browning/.32ACP es de diseño semi-montura), y no es intercambiable con la munición occidental. Las municiones Tipo 64 son de una potencia relativamente baja, lo que contribuye a la baja de sonido del fuego y el alcance efectivo bajo de la pistola - probablemente no más de 10-20 metros. Cuando se dispara a partir de la pistola Tipo 64, el tipo de bala de 64 gramos de cartucho impulsa el 4,8 (74 granos) de bala en la velocidad de salida de 240 metros por segundo (790 pies por segundo). La pistola Tipo 64 ha sido generalmente reemplazada en servicio por la pistola con silenciador Tipo 67, que es ligeramente más compacto y ligero. 



La Tipo 64 es una pistola con silenciador operado por retroceso, con el silenciador integrado a la pistola. El silenciador integral consta de una caja de acero de grande y delgada, que contiene una malla de acero y varios deflectores, que se utilizan para reducir la velocidad y enfriar la expansión del rebufo. Para disminuir aún más la firma de sonido de disparo de la pistola, el mecanismo de retroceso puede ser bloqueada mediante el botón perno transversal, montado en la corredera. Cuando mecanismo de bloqueo está activado, la pistola Tipo 64 pasa de un semiautomática a una arma alimentada por cargador de accionamiento manual, evitando así el sonido de retroceso. Debido al silenciador, el muelle recuperador está situado en la parte trasera de la corredera, por encima del barril, junto con varilla de guía. La pistola Tipo 64 tiene unas miras fijas. El gatillo es grande de acción individual, con un martillo externo, y un pestillo manual de seguridad, ubicada en el marco sobre el puño izquierdo. La alimentación se lleva a cabo por un cargador de una sola hilera, desmontable, que cuenta con nueve tiros. 

World-Guns

Historia argentina: El combate de la vuelta de Obligado (1845)

LA ÚLTIMA BATALLA DEL GENERAL SAN MARTIN 
Por Oscar Fernando Larrosa (h) 

 


Dedicado a mis queridos padres:
Herminia Álvarez de Larrosa
Subof. My (RE) Oscar Fernando Larrosa
 


Nunca perseguí la gloria, 
ni dejar en la memoria 
de los hombres, mi canción.

(Antonio Machado.) 


EL CONFLICTO 
En 1844 las tropas del Presidente constitucional uruguayo Manuel Oribe, apoyadas por Rosas y Urquiza pusieron sitio a la ciudad de Montevideo amenazando el refugio de los unitarios exiliados y de varios miles de franceses e ingleses que la habían tomado como factoría del imperio. Fructuoso Rivera, quien había usurpado el gobierno con ayuda francesa, era el jefe nominal de esa especie de brigada internacional en la que se mezclaban los intereses comerciales de las potencias europeas con las rencillas políticas internas del Plata, y a la que se sumaban algunos aventureros como el italiano Giuseppe Garibaldi. 

Atendiendo a los “justos reclamos de sus súbditos”, como dijera Sir Robert Peel en el parlamento británico, las dos principales potencias mundiales, Francia e Inglaterra deciden intervenir para imponer sus intereses comerciales, no ya solapadamente como hasta entonces sino de modo directo en la que fuera, tal vez, la mas injusta acción militar de dos potencias extranjeras en América. Para ello bloquearon el puerto de Buenos Aires con sus escuadras y dejando de lado los regodeos diplomáticos, reclamaron al Jefe de las Relaciones Exteriores de la Confederación la libre navegación de los ríos interiores. 

El General Rosas, que no había reconocido la independencia del Paraguay ni aceptaba la creación inglesa del Estado-tapón en Uruguay, porque a ambas las seguía considerando provincias argentinas no tenía la mala costumbre de acatar los “deseos” ni las imposiciones de países extranjeros. Por ello rechazó de modo terminante la pretensión de los interventores de navegar los ríos interiores sin someterse a la jurisdicción de las leyes argentinas. 

El desarrollo del conflicto adquirió un cauce dinámico. Hubo duros cruces de protestas diplomáticas entre el canciller de la Confederación Argentina Felipe Arana y las cancillerías de las potencias extranjeras. Las escuadras interventoras capturaron la isla Martín García y a la escuadra naval argentina, que no ofreció resistencia por orden de Rosas. El Almirante Brown diría, en nota dirigida al gobernador: 

“Tal agravio demandaba el sacrificio de la vida con honor, y sólo la subordinación a las supremas órdenes de V.E. para evitar la aglomeración de incidentes que complicasen las circunstancias, pudo resolver al que firma a arriar un pabellón, que durante treinta y tres años de continuos triunfos ha sostenido con toda dignidad en las aguas del Plata”. 

 
Almirante Guillermo Brown 

Las naves argentinas fueron repartidas por los “negociadores” diplomáticos Ouseley y Deffaudis entre las dos escuadras y algunas de ellas fueron entregadas al aventurero Garibaldi y su horda de mercenarios, quienes se dedicaron a saquear y masacrar a las poblaciones ribereñas de Gualeguaychú, Colonia y Salto. 

La flota interventora se aprestaba a remontar el Paraná con noventa buques mercantes y once de guerra, entre los que se encontraban los primeros buques propulsados a vapor. La idea de los interventores era “luchar por los grandes principios de la humanidad contra el tirano sangriento del Plata” y, aprovechando el viaje, colocar su producción industrial en nuestro país, comerciando directamente con cada provincia, a fin de crear republiquetas dóciles a sus designios. 

Entre tanto el Litoral se preparaba para la guerra. La estrategia criolla era, igual que en 1806 y 1807, resistir como fuera y con lo que se tuviera. En un recodo del río llamado Vuelta de Obligado fueron atravesadas tres líneas de cadenas sostenidas por lanchones y atadas en un extremo a tres anclas y en su otro extremo al bergantín “Republicano”, al mando del capitán Tomás Craig, para que se supiera que el paso no era libre y que había que batirse para forzarlo. 

Desde la costa, las tropas de la Confederación Argentina al mando del General Lucio Norberto Mansilla, con cañones de la época colonial, fusiles de chispa, lanzas y bayonetas, esperaban a la flota anglo francesa. 

 
Baterías argentinas en la Vuelta de Obligado noviembre de 1845 

SAN MARTIN Y ROSAS 
En 1838 cuando se produjo el primer bloqueo francés, a raíz del incidente promovido por la impertinencia del supuesto cónsul Aimé Roger, San Martín escribió su primer carta al Jefe de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina, Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas. En ella, luego de comentar los motivos de su ostracismo, el Libertador le decía: 


“ He visto por los papeles públicos (diarios) de ésta, el bloqueo que el gobierno francés ha establecido contra nuestro país; ignoro los resultados de ésta medida; si son los de la guerra, yo sé lo que mi deber me impone como americano; pero en mis circunstancias y las de que no se fuere a creer que me supongo un hombre necesario, hacen, por un exceso de delicadeza que usted sabrá valorar, si usted me cree de alguna utilidad que espere sus órdenes; tres días después de haberlas recibido me pondré en marcha para servir a la patria honradamente, en cualquier clase que se me destine. Concluida la guerra me retiraré a un rincón, esto es si mi país ofrece seguridad y orden; de lo contrario regresaré a Europa con el sentimiento de no poder dejar mis viejos huesos en la patria que me vio nacer”. 

Con ésta sencillez, el más grande héroe de la República, a los sesenta años de edad se ofrecía a combatir “en cualquier clase que se le destine”. 

Esta carta dio inicio a una larga y efusiva amistad epistolar entre el General San Martín y Don Juan Manuel, cuyo corolario fue la donación del glorioso sable corvo del Libertador a Rosas y los sucesivos homenajes de éste a San Martín en sus mensajes anuales a la Legislatura porteña. Durante muchos años, y a instancia de algunos historiadores antirrosistas, se sostuvo que la donación del sable fue producto de un acto de desvarío senil del Libertador. Nada más alejado de la verdad. Verdad que se ha mantenido en las sombras para justificar la traición a la Patria de unos cuantos “prohombres de la República”. 

 
 Brig.Gral. Juan Manuel Ortiz de Rozas 
General Don José de San Martín 

Nuestro Padre de la Patria, el hacedor de la Independencia de Sud América, había pronosticado en febrero de 1834 (en una carta a Tomás Guido) que solo un hombre con las características personales de Rosas podía enderezar el rumbo de nuestra tierra y supo luego, en el transcurso de los conflictos con Inglaterra y Francia, que a Don Juan Manuel le había sido dado el honor de completar la gesta emancipadora que José Francisco de San Martín iniciara una mañana de 1813, cuando el sol comenzaba a resplandecer, frente al convento de San Lorenzo. 

Nadie mejor que él sabía, de que se trataba, cuando se hablaba de la libertad de América. Rosas le contestó con una carta, en la cual le afirmaba que no creía que hubiera guerra y que igualmente consideraba que el Libertador podría servir mejor a la Patria desde Europa, haciendo uso de su prestigio a favor del país. El tiempo daría razón a su apreciación. 


LA CARTA DE SAN MARTIN A JORGE F. DICKSON
En 1845, en pleno desarrollo del conflicto en el Plata, San Martín vivía en Grand Bourg, localidad situada en las afueras de París; con su hija Mercedes, su hijo político Mariano Balcarce y sus dos nietas, Merceditas y Josefa (la Pepa). La salud del General, que nunca había sido buena tenía crónicas recaídas que le producían graves padecimientos. Sufría de reumatismo y gastritis a los que se sumaba una progresiva ceguera por cataratas más las secuelas de sus heridas de guerra y de un ataque de cólera. A éstos dolores se sumaban, la constante añoranza de la patria lejana; pues, Don José Francisco, aún hasta pocos días antes de su muerte siguió soñando con el retorno a su tierra prometida.

Siempre deseó volver a esa Buenos Aires de la que se había ido hastiado de que lo persiguieran como a un criminal o de que intentaran involucrarlo en alguno de los partidos que desangraban a la Patria por la que él y sus heroicos soldados habían luchado.

Durante su estancia en Nápoles, adonde había concurrido por prescripción médica se presentó la oportunidad de actuar nuevamente a favor de su patria. Ya no sería como en San Lorenzo y Chacabuco, sable en mano y al galope, con el corazón en la garganta; ni como en Cancharrayada, donde aguantó la carga de fusilería de un regimiento español tratando de salvar su ejército. Aún así el viejo General usaría las armas que el tiempo y las miserias humanas no pudieron doblegar: su genial visión estratégica, el enorme prestigio militar acumulado en sus campañas y la confianza ciega en el coraje de sus paisanos.

Un año antes, Rosas había revitalizado los bonos del empréstito Baring al enviar a Londres una remesa de sesenta mil pesos plata para abonar intereses caídos, lo que produjo la algarabía de sus tenedores que ya los daban por perdidos. Al producirse el bloqueo, los bonos volvieron a caer, gestando una sorda oposición (en especial de la Casa Baring) al mentor de esa medida, Lord Aberdeen.

El representante de la Confederación en Londres, el empresario anglo argentino Jorge Federico Dickson, quién tenía importantes intereses comerciales en el Río de la Plata, le solicitó su opinión al Libertador sobre las posibilidades de éxito de la intervención anglo francesa en el Plata. San Martín, que seguía al detalle la situación de la Argentina y conocía la oposición de los financistas y comerciantes ingleses, escribió la siguiente carta:

Carta publicada sin autorización de San Martín, por el Morning Chronicle de Londres el 12 de febrero de 1846 cuando todavía no se conocían en Europa los hechos acaecidos en la Vuelta de Obligado:


“Hemos sido favorecidos con la siguiente traducción de una carta del general San Martín a un caballero que le pidió su opinión sobre el tema de la intervención armada de Inglaterra y Francia en los asuntos de la república del Río de la Plata. Estimamos casi innecesario informar a nuestros lectores que el general San Martín es el distinguido jefe que sucesivamente llevó a término la liberación de Buenos Aires, Chile y Perú del yugo español, y cuya travesía de los Andes al frente del ejercito libertador, fue considerado como un hecho que en muchos aspectos rivaliza con el paso de los Alpes por Napoleón. El general San Martín es nativo del virreinato de Buenos Aires, y por su completo conocimiento del país y de sus conciudadanos, a los que tantas veces llevó a la lucha y a la victoria, no hay hombre viviente que esté tan bien capacitado para opinar sobre la materia como él, ni ninguno que tenga mas títulos a ser respetado. Como hace tiempo que se retiró de la vida pública, y reside en Europa, donde al parecer ha decidido pasar el resto de sus días, no tiene más interés en el asunto, sino el que naturalmente debe suponerse sienta por el honor y bienestar de su país, su opinión debe considerarse absolutamente imparcial. Sobre ella llamamos intensamente la atención de nuestros lectores.”
Nápoles, diciembre 28, 1845. “Mi querido amigo: He sido informado de su deseo de tener mi opinión sobre la presente intervención de Inglaterra y Francia en la República Argentina, tengo no solo mucho placer en exponérsela a usted sino que lo haré con la franqueza de mi carácter y con la más perfecta imparcialidad, lamentando solamente que el mal estado de mi salud me impida entrar en los muchos detalles que la importante cuestión merece. No pienso necesario entrar a investigar la justicia o la injusticia de tal intervención, ni los perjudiciales resultados que traerá para los ciudadanos de ambas naciones la paralización absoluta de las relaciones comerciales, como también la alarma y desconfianza que lógicamente dicha interferencia habrá provocado en los nuevos estados de Sud-América. Debo limitarme a inquirir si las dos naciones interventoras tendrán buen éxito en el logro del fin que se han propuesto con las medidas coercitivas que han empleado hasta el presente momento o sea la pacificación de ambas orillas del Plata. Debo declarar a Ud. mi firme convicción de que no podrán tener buen éxito; por el contrario, su modo de proceder hasta el día de hoy no producirá otro efecto que prolongar por tiempo indefinido los males que se proponen remediar y que no hay humana predicción capaz de fijar una fecha probable a la pacificación que tan ansiosamente desean. Voy a explicarme más extensamente.
La firmeza de carácter del jefe que gobierna hoy la República Argentina es notoria en todo el mundo, así como el ascendiente que tiene en las vastas llanuras de Buenos Aires y en las otras provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, yo estoy persuadido de que ya sea por orgullo nacional, por temor o por el prejuicio heredado de los españoles contra los extranjeros se unirán todos para tomar parte de la lucha. Además, debe tenerse muy presente (como lo ha demostrado la experiencia) que la medida del bloqueo ya declarado no tiene la misma influencia en los Estados de América y menos que en todos en la República Argentina como podría tenerla en Europa. Esta medida sólo afectará a un pequeño número de terratenientes y propietarios, pero a la masa del pueblo, que ignora las necesidades europeas, la continuación del bloqueo les sería indiferente. Si las dos potencias quisieran llevar mas adelante las hostilidades – es decir, declarar la guerra – yo no dudo que con mas o menos pérdida de hombres y dinero tomarían Buenos Aires (aunque tomar una ciudad resuelta a defenderse es una de las más difíciles operaciones de guerra); pero aún después del triunfo, estoy convencido que no serían capaces de mantenerse largo tiempo en la capital. Es bien sabido que el principal y podría decir el único alimento del pueblo es la carne y que igualmente con la mayor facilidad el ganado vacuno puede ser retirado en pocos días bastantes leguas al interior, como también los caballos y todos los medios de transporte.
En breve tiempo se podría formar un vasto desierto, imposible de cruzar por una gran fuerza europea, que correría tantos mayores peligros cuanto mayor fuese su número. Pretender llevar la guerra apoyándose en los nativos, yo estoy segurísimo de que muy pocos serían los que apoyarían al extranjero.  Finalmente, con siete u ocho mil hombres de caballería del país y veinticinco o treinta piezas de artillería ligera que el general Rosas fácilmente mantendría no sólo lograría un bloqueo terrestre de Buenos Aires, sino que impediría que un ejercito europeo de veinte mil hombres, se alejase mas de treinta leguas de la capital, sino exponiéndose a su total destrucción, por falta de recursos necesarios. Tal es mi opinión y la experiencia probará que está bien fundada a no ser que – como es de esperar – el Ministerio inglés cambie su política. ”


Esta carta, simple y directa sonaría tan fuerte en la opinión publica y en el Parlamento inglés como los cañonazos con que Mansilla, Thorne y Alzogaray marcaron el camino de ida y vuelta de la flota por el Paraná. En ella hace claras referencias a las invasiones inglesas de 1806 y 1807, y a la posibilidad de un éxodo como el jujeño o el que sufriera Napoleón en Rusia.

Esta misiva es hija de la misma habilidad táctica con que San Martín manejó su guerra de zapa, enloqueciendo a Marcó del Pont, antes del cruce de la cordillera. 



La Vuelta de Obligado
En la mañana del 20 de noviembre de 1845 los buques de la flota tomaban posición frente a las baterías que a toda prisa había mandado a construir el general Lucio Norberto Mansilla, veterano de Chacabuco y Maipú. El diseño de las baterías estuvo a cargo del héroe de ese día, el coronel Juan Bautista Thorne. Todo el ancho del río fue atravesado por tres líneas de cadenas colocadas sobre lanchones y barcos desmantelados, las que estaban atadas por un extremo a tres anclas y por el otro al bergantín “Republicano”, al mando del capitán Tomás Craig, irlandés llegado a Buenos Aires con la invasión inglesa de 1806 y que luego de acriollarse combatió en el Ejercito del Norte a órdenes de Belgrano, e hizo la campaña de Perú con San Martín.

Lograron construir cuatro de las siete baterías que estaban previstas. Estas eran: la batería “Restaurador” con 6 piezas al mando del Ayudante Mayor Álvaro de Alzogaray; la batería “General Brown” con 8 piezas al mando del Teniente Eduardo Brown, hijo del Almirante; la “General Mansilla” con 8 piezas, al mando del Teniente de artillería Felipe Palacios y, mas allá de las cadenas que cerraban el paso del río, la batería “Manuelita” con 7 piezas (dos de tren volante) al mando del coronel Juan B. Thorne. La mayoría de los cañones argentinos eran de 10 libras y solo algunos de 24.

A la derecha de las baterías, en un bosque se estacionaron las tropas del Regimiento de Patricios de Buenos Aires y su banda militar, a órdenes del coronel Ramón Rodríguez. Detrás de la batería “Restaurador” había un cuerpo rural de 100 hombres al mando del Teniente Juan Gainza, seguidos por los milicianos de San Nicolás al mando del Comandante Barreda y otro cuerpo rural al mando del coronel Manuel Virto.



La reserva era comandada por el coronel José M. Cortina e incluía dos escuadrones de caballería a órdenes del Ayudante Julián del Río y del Teniente Facundo Quiroga, hijo del Tigre de los Llanos. Detrás de la reserva se encontraban unos 300 vecinos incluyendo mujeres, de San Pedro, Baradero y San Antonio de Areco, que se reunieron a último momento, armados con lo que pudieron traer.

La flota estaba constituida por once buques que sumaban 99 cañones, la
mayoría de ellos de 32 libras, algunos de 80 y otros con el sistema Paixhans de bala con espoleta cuyos explosivos causaron estragos en la defensa.

A las 9 de la mañana el buque inglés Philomel lanzó el primer cañonazo, la banda del Regimiento Patricios rompió con los acordes del Himno Nacional y entre vivas a la patria comenzaron a responder las baterías argentinas.


En pocos minutos, la tranquila ribera del Paraná se convirtió en una imitación del infierno. Desde ambos bandos se lanzaban unos cuarenta proyectiles por minuto, generalizándose las bajas en las tropas de la Confederación. A las once un grupo de infantería francés intentó desembarcar y fue atacado por las tropas de Virto, pereciendo la mayoría de ellos bajo los sables argentinos o ahogados al huir.


Batalla de la Vuelta de Obligado. 20 de noviembre de 1845.

Hacia el mediodía el general Mansilla envió un parte a Rosas diciéndole que no sabía por cuanto tiempo más podría contener al enemigo pues se le agotaban las municiones. No obstante ello el fuego de las baterías argentinas había logrado dejar fuera de combate a los buques Fulton, Pandour y Dolphin y generado graves daños en otros buques; pero el costo en vidas entre los artilleros criollos era altísimo. El capitán Craig debió hundir el bergantín “Republicano” que ya estaba casi desmantelado a cañonazos y se reunió con los hombres que le quedaban en las
baterías de tierra.

A las cuatro de la tarde, los ingleses protegidos por el buque Fireband lograron cortar las cadenas y sobrepasar las defensas. En tierra, únicamente respondía la batería Manuelita, cuyo jefe, el coronel Thorne causaba la admiración de los enemigos, dando órdenes desde lo alto de su posición con todo su cuerpo expuesto al fuego enemigo. El general Mansilla le ordenó cesar el fuego y retirarse, pero Thorne rechazó la orden respondiendo que sus cañones le demandaban hacer fuego hasta vencer o morir. En esa posición se mantuvo hasta que un cañonazo lo hizo volar por el aire dejándolo gravemente herido y sordo de por vida. Sus soldados lo retiraron del campo llevándolo hasta el convento de San Lorenzo.

Hacia el atardecer, cuando ya no quedaban cañones ni artilleros en pie, desembarcaron los invasores; Mansilla ordenó cargar al enemigo pero un golpe de metralla lo derribó, hiriéndolo en el estómago. Entonces encabezó el ataque el coronel Ramón Rodríguez con los Patricios, dándoles una brillante carga a la bayoneta pero finalmente hubo de retirarse ante la superioridad de fuego del enemigo.


La flota Anglo francesa que combatió en la Vuelta de Obligado

Coronel Juan Bautista Thorne

Coronel Ramón Rodríguez, Jefe de Patricios

General Lucio Norberto Mansilla

La bandera argentina que, manchada de sangre, fue tomada por los ingleses en la batería de Thorne, la devolvería 38 años después el almirante Sullivan (capitán del Philomel) como muestra de su admiración por el jefe de la batería Manuelita.

En Obligado tuvieron 150 bajas los interventores y 650 las tropas de la Confederación. Fue, si se quiere, una victoria anglo-francesa. Pero poco después los invasores comprenderían que las sabias palabras de San Martín, quien les auguró un desastre, eran una realidad. Era imposible hacer pie y mantenerse en territorio argentino; por el contrario fueron combatidos a todo lo largo del Paraná.

Quebracho, Ensenada, Acevedo, Tonelero y San Lorenzo marcaron serios reveses para la flota y fundamentalmente demostraron la imposibilidad de mantener un tráfico comercial, que era su principal objetivo. A principios de mayo de 1846, se tenían noticias en Europa sobre la batalla de la Vuelta de Obligado, donde las tropas de la Santa Federación, entre los acordes del Himno Nacional tocado por la banda del Regimiento Patricios y el estruendo de los cañones, se enfrentaron a sangre y fuego con los interventores, demostrándoles éstos “bárbaros” a la flota europea lo poco que apreciaban sus “principios civilizadores” y lo bien fundada que estaba la opinión del Libertador.

San Martín le escribe a Rosas el 10 de mayo de 1846:


“...ya sabía la acción de Obligado, los interventores habrán visto lo que son los argentinos. A tal proceder no nos queda otro partido que cumplir con el deber de hombres libres, sea cual fuere la suerte que nos depare el destino, que, por mi íntima convicción, no sería un momento dudoso en nuestro favor si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra patria si las naciones europeas triunfan en ésta contienda, que, en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España. Convencido de ésta verdad, crea usted, mi buen amigo, que nunca me ha sido tan sensible que el estado precario de mi salud me prive en éstas circunstancias de ofrecer a mi patria mis servicios, para demostrar a nuestros compatriotas que ella tiene aún a un viejo servidor cuando se trata de resistir a la agresión más injusta de que haya habido ejemplo.”

La noticia de los combates produjo una gran indignación en las naciones europeas que lo consideraron un atentado al derecho de gentes y paralelamente casi toda América felicitaba al general Rosas por defender el derecho de las jóvenes naciones sudamericanas con tanta firmeza.

El coronel unitario Martiniano Chilavert se consideró desligado del partido al que servía porque “invoca doctrinas a las que debe sacrificarse el honor y el porvenir del país”, y se puso a las órdenes de Rosas.

En el parlamento inglés, la oposición, que era nucleada por Lord Palmerston, representando los intereses financieros, arreció con sus críticas y usó la carta de San Martín publicada en el Morning Chronicle sumada a los pésimos resultados militares para torcerle el brazo al grupo partidario de la intervención. La consecuencia inmediata fue el relevo del jefe de la flota inglesa y el envío de la misión diplomática a cargo de Thomas S. Hood con órdenes directas del Primer ministro Lord Aberdeen, de aceptar todas las condiciones exigidas por Rosas y lograr una paz inmediata.

Era la victoria de la posición de la Confederación que le enseñaba al mundo que “los argentinos no somos empanadas que se comen con sólo abrir la boca”.


Lord Palmerston


Thomas S. Hood 



LA CARTA A MONSIEUR BINEAU
Algo similar ocurrió en el parlamento francés, que no había aceptado negociar junto con los ingleses. A pesar que la situación política interna de Francia había variado sustancialmente después de la revolución de 1848, en la que fue destronada la restauración monárquica, su política imperial no tuvo grandes variaciones, salvo por el nuevo espíritu de algunos franceses como Lamartine.

En diciembre de 1849, cuando se debía votar una partida de 2.500.000 francos como “subsidio al gobierno de Montevideo”, en medio de una de las fragorosas sesiones parlamentarias donde se trató el futuro del bloqueo, el ministro Napoleón Darú, que buscaba preparar el ambiente para una acción armada directa contra Buenos Aires, citó la carta de San Martín publicada en Londres en 1845 pero leyendo solo el párrafo que dice: “...si las dos naciones tendrán buen éxito en el logro del fin propuesto con las medidas coercitivas que han empleado hasta el presente. Debo declarar mi firme convicción de que no podrán tener buen éxito, por el contrario su modo de proceder hasta el día de hoy no producirá otro efecto que el de prolongar por tiempo indefinido los males que se proponen remediar”. Como si San Martín estuviese recomendando una acción militar más enérgica por parte de los interventores contra Rosas.

En una durísima réplica al conde Darú, el diputado Larrabure leyó el texto completo de la carta de San Martín desenmascarando la conducta ilícita del ministro.

A partir del fallecimiento del encargado de negocios de la Confederación, don Manuel de Sarratea, el 24 de septiembre de 1849; San Martín había tomado a su cargo, en carácter oficioso, la cuestión de la intervención en el Plata. Con tal motivo mantuvo frecuentes conferencias y reuniones con los ministros franceses Rouher (de Justicia), Bineau (de Obras Publicas) y con el de relaciones exteriores general de la Hitte, en casa de la viuda de Alejandro Aguado.

Cuando en el debate se expuso su carta a Dickson, el Libertador escribió, desde su lecho de enfermo la siguiente carta al ministro Bineau, donde con fina diplomacia dejaba en claro que su postura respecto de la intervención nunca había variado y que los males que les predecía en aquella carta ahora se verían agravados por estar Francia sola en el conflicto:

« Boulogne Sur Mer, diciembre 23 de 1849.
Mi querido señor:
Cuando tuve el honor de hacer vuestro conocimiento en la casa de Mme. Aguado, estaba muy distante de creer que debía algún día escribiros sobre asuntos políticos; pero la posición que hoy ocupáis, y una carta que el diario La Presse acaba de reproducir el 22 de éste mes, carta que había escrito en 1845 al señor Dickson sobre la intervención unida de la Francia y la Inglaterra en los negocios del Plata, y que publicó sin mi consentimiento en esa época en los diarios ingleses, me obligan a confirmaros su autenticidad, y a aseguraros nuevamente que la opinión que entonces tenia no solamente es la misma aún, sino que las actuales circunstancias en que la Francia se encuentra sola, empeñada en la contienda, viene a darle una nueva consagración.

Estoy persuadido que esta cuestión es mas grave que lo que se la supone generalmente; y los 11 años de guerra por la independencia americana, durante los que he comandado en jefe los ejércitos de Chile, del Perú y de las provincias de la Confederación Argentina me han colocado en situación de poder apreciar las dificultades enormes que ella presenta, y que son debidas a la posición geográfica del país, al carácter de sus habitantes y a su inmensa distancia de la Francia. Nada es imposible al poder francés y a la intrepidez de sus soldados; mas antes de emprender los hombres políticos pesan las ventajas que deben compensar los sacrificios que hacen.

No lo dudéis, os lo repito: las dificultades y los gastos serán inmensos, y una vez comprometida en esta lucha, La Francia tendrá a honor el no retrogradar, y no hay poder humano capaz de calcular su duración.
Os he manifestado francamente una opinión en cuya imparcialidad debéis tanto mas creer cuanto que establecido y propietario en Francia 20 años ha, y contando acabar ahí mis días, las simpatías de mi corazón se hallan divididas entre mi país natal y la Francia, mi segunda patria.

Os escribo desde mi cama en que me hallo rendido por crueles padecimientos que me impiden tratar con toda la atención que habría querido un asunto tan serio y tan grave”.


La lectura de ésta última carta de San Martín por parte del ministro de justicia Rouher, en el Parlamento, resultó lapidaria para Darú y para Thiers. Ninguno de los muchos políticos y estrategas militares presentes se atrevió a cuestionar la prestigiosa opinión del Libertador.

La Francia que en 1824 le negara la visa de entrada al reino, por considerarlo un peligroso revolucionario, ahora escuchaba respetuosamente la opinión del Héroe de Los Andes. Esa fue la estocada final que hundió la política interventora llevada adelante por Thiers, y dio lugar al tratado Arana -Lepredour, donde los franceses, igual que los ingleses en el tratado Arana- Southern, reconocían los derechos argentinos sobre los ríos interiores, devolvían la flota naval, la isla Martín García y efectuaban un acto en desagravio a la bandera argentina.

El Libertador escribió en 1847 una carta a Tomás Guido donde afectuosamente lo trataba a Rosas de “Nuestro don Juan Manuel” y en 1848, al propio Rosas le decía: “Usted me hará el favor de creer que sus triunfos son un gran consuelo para mi achacosa vejez"; y “ Jamás he dudado que nuestra patria tuviese que avergonzarse de ninguna concesión humillante presidiendo Ud. sus destinos, antes bien temía yo que tirara usted demasiado de la cuerda de las negociaciones cuando se trataba del honor nacional”. Además, le agradeció el homenaje que Rosas le hiciera en su mensaje anual a la Legislatura porteña.

El General San Martín nunca mencionaba el tema con su familia pero tenía un profundo dolor, que se percibe en alguna de sus cartas, por la poca generosidad de los pueblos que él libertó. Y no se trata sólo de las miserias económicas y de las otras que tuvo que afrontar en su exilio europeo, ni de los sueldos adeudados que jamás le fueron pagados sino de la falta de gratitud que se trasunta en el poco respeto a una figura como él que lo dio todo por su Patria, que tuvo a sus pies a Lima, una de las ciudades mas ricas de su tiempo y cuando se fue solo se llevó un baúl con sus uniformes y el estandarte de Pizarro.

El único hombre público que le dio reconocimiento en vida fue el gobernador de Buenos Aires, Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

El general Rosas le escribió el 15 de Agosto de 1850 diciéndole: “No era pues de extrañar, ni justo, que recordando los méritos que han contraído los gobernadores de las provincias y otros individuos subalternos nombrados en el mensaje, el nombre ilustre de usted no figurase en primera línea, cuando su voto imponente acerca del resultado de la intervención a sido pesado en los Consejos de los injustos interventores.”

Esa carta no podría ser leída por el Libertador; pues el 17 de Agosto de 1850, en Boulogne Sur Mer, lejos de su patria, se había vuelto inmortal. Ni el exilio, ni la distancia inconmensurable, ni las enfermedades, ni las envidias y mezquindades de los que jamás alcanzarían su altura, pudieron impedir que el viejo guerrero de Los Andes luchara hasta su último día por la libertad y la dignidad de su tierra americana.

Esa fue la última y victoriosa batalla del general don José Francisco de San Martín, el hombre que llevó triunfal por medio continente nuestra bandera azul y blanca, guiado por la llama eterna de la libertad.

Quiera Dios que su Espíritu nos acompañe siempre.


Bibliografía:
-Barcia Trelles, Augusto, San Martín en Europa, López y Etchegoyen Ed. 1948.
-Gras, Mario C., San Martín y Rosas, una amistad histórica, Rev. Inst.J.M. Rosas, Nº 13, 1948.
-Palacio, Ernesto, Historia de la Argentina (1515-1938), Peña Lillo Ed. 1979.
-Pérez Pardella, Agustín, El Libertador cabalga, Ed. Planeta, 1997.
-Saldias, Adolfo, Historia de la Confederación Argentina.


Publicado como ensayo en la Revista del Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, en el Nº 54 Enero/Marzo de 1999; Págs. 93 a 100

domingo, 19 de noviembre de 2017

SGM: La ofensiva de Vístula-Oder

Ofensiva de Vístula-Oder: la ofensiva que trajo a los soviéticos a 70 km de Berlín


Colin Fraser - War History Online




En la película Downfall de 2004, que representa los últimos días en el búnker de Adolf Hitler bajo Berlín antes de que la ciudad finalmente cayera a las tropas soviéticas el 2 de mayo de 1945, la muy aclamada representación del dictador nazi realmente lleva a casa el punto de cómo su rockero se convirtió (o siempre fue). Hitler se muestra no solo paranoico y altamente desconfiado de sus oficiales y personal, sino también totalmente convencido de que grupos de ejércitos enteros, algunos totalmente destruidos, deberían estar todavía en funcionamiento.

Las escenas de la película lo muestran salvajemente gritando y gesticulando, no solo en el estilo reconocible del líder Nazi, sino en ira ciega mientras sus oficiales se miraban mutuamente con profunda preocupación.

En otras palabras, lo había perdido por completo. En este punto, para muchos oficiales alemanes de alto rango era muy claro que su líder era completamente incapaz de evaluar la situación militar a la que se enfrentaban y que se había perdido toda esperanza.


Uno de los principales indicadores de la pérdida total de competencia de Hitler debería haber sido su evaluación desastrosamente desastrosa de las fuerzas rusas que se preparaban para la Ofensiva Vistula-Oder en enero de 1945.

El Grupo de Ejércitos A del coronel general Josef Harpe, que tenía una línea defensiva al este de Varsovia que corría aproximadamente de norte a sur, estaba compuesta por unas 450,000 tropas. La vigilancia alemana de las tropas rusas y la acumulación de material en los meses previos a la ofensiva creían que el Ejército Rojo que se les oponía superaba a su propia fuerza de tres a uno.

Hitler, sin embargo, estaba poco equipado para aceptar esto y, de hecho, lo negó rotundamente. Lo llamó la mayor impostura desde Genghis Khan.


Ofensivas rusas en 1945.

En cierto modo, él tenía razón. Los soviéticos no superaron en número a los alemanes de tres a uno, sino más cerca de cinco a uno. A las 4:35 AM del 12 de enero, el Ejército Rojo comenzó su asalto inicial en lo que serían tres semanas devastadoras para el Frente Oriental de Alemania, que colapsó casi hasta llegar a Berlín.

El asalto comenzó con un bombardeo masivo de artillería en la cabeza de puente de Baranow (cabeza de puente de Sandomierz en las cuentas rusas) al sur de Varsovia en Polonia. Los soviéticos, durante la Operación Bagration del año anterior en la que destruyeron por completo el Centro del Grupo de Ejércitos Alemanes, un millón de efectivos, y avanzaron hacia Polonia, tomaron dos cabezas de puente clave en el río Vístula al sur de Varsovia.

Las armas rusas en Baranow apuntaban a las divisiones del XLVIII Cuerpo Panzer del 4. ° Ejército Panzer y en dos bombardeos masivos destruyeron cualquier esperanza de resistencia. Cuando la 3ª Guardia y el 4º Ejército de Tanques avanzaron, el 4º Ejército Panzer que se les opuso ya había perdido dos tercios de su artillería y un cuarto de sus tropas.

Oficiales alemanes, bajo la bandera blanca de la
tregua, llegando a rendirse ante el ejército ruso.

Antes de que los rusos comenzaran sus voleas explosivas a lo largo de su 1er Frente Bielorruso, corriendo hacia el sur desde el Golfo de Riga en el Mar Báltico y hacia Polonia, y el 1 Frente Ucraniano, desde allí hacia el norte de Hungría, muchos de los batallones alemanes que los enfrentaban ya bajo-fuerza. Después de que la artillería disparó en lugares como Baranow, los batallones discapacitados a veces tenían apenas un pelotón que valía la pena de soldados.

Huelga decir que los rusos avanzaron bastante rápido a través de Polonia. Varsovia fue tomada el 17 de enero, las tropas soviéticas horrorizadas por la destrucción causada por los alemanes en respuesta al levantamiento en la ciudad en agosto de 1944. Hitler, por supuesto, estaba furioso porque sus oficiales en el Grupo A del Ejército habían decidido abandonar Varsovia como Las fuerzas rusas empujaron sobre el Vístula donde corre por la ciudad.


Después del Levantamiento de Varsovia, los alemanes destruyeron alrededor del 85% de la ciudad.

Fue el Coronel Bogislaw von Bonin, Jefe de la Rama Operacional del Estado Mayor del Ejército, quien dio permiso para la retirada, desafiando a Hitler, por lo que fue arrestado por la Gestapo.

Cracovia fue tomada el 19 de enero. Esta fue la primera parte de las órdenes dadas al mariscal Ivan Konev, comandante del primer frente ucraniano en la ofensiva. Su objetivo era asegurar la Alta Silesia, una región en lo que hoy es el suroeste de Polonia. Para el 27 de enero, cuando las 17 000 tropas alemanas de Amy Amy se retiraron, lo había hecho, asegurando dos cabezas de puente en el río Oder y abriendo la puerta a Alemania.

Tropas soviéticas saludadas por la gente de Lodz
en el centro de Polonia después de expulsar al ejército
alemán el 19 de enero de 1945.

Para el Tercer Reich, Polonia se perdió. En lugares como Alta Silesia, donde vivían muchos alemanes étnicos, las tropas rusas encontraron unidades de Volksstrum, hombres entre las edades de 13 y 60 años, no en servicio activo, a quienes se les dio entrenamiento y armas para luchar como guardia local para Alemania. . Sin embargo, muchos alemanes en el área y en el este de Alemania comenzaron a huir de Occidente, temiendo la ira de los rusos. Millones realizarían este viaje, creyendo que estarían mejor en las áreas ocupadas por los Aliados occidentales.

Muchos judíos y prisioneros de guerra también se dirigieron al oeste, pero fueron obligados a hacerlo por los oficiales nazis que cerraron los campos de concentración en Polonia. Estas fueron las marchas de la muerte en el centro de Alemania, a veces en temperaturas bajo cero y miles perecieron en el camino.

El Ejército Rojo encontró muy poca resistencia por parte de los alemanes hasta que llegaron al Oder y en los bolsillos a lo largo del Báltico, como en el este de Pomerania. Fue por eso que la ofensiva se detuvo el 2 de febrero, hasta que las cabezas de puente abiertas en el Oder fueron reforzadas y reabastecidas y el flanco norte asegurado por la ofensiva de Pomerania del Este para despejar las tropas alemanas en la región.

Las cabezas de puente rusas en el Oder estaban a unos 70 km de Berlín y se debatió después de la guerra si el avance debería haber continuado y terminado las cosas en ese momento. Sin embargo, para los alemanes, y para el enloquecido y furioso Hitler, el final se acercaba en ambos sentidos. Durante las tres semanas de la Ofensiva Vistula-Oder, habían perdido 295,000 soldados muertos y 147,000 capturados, así como miles de tanques, artillería y ametralladoras. No pasaría mucho tiempo antes de que los proyectiles finales cayeran sobre Berlín.